CRISTO: NUESTRO MODELO PERFECTO DE PAZ Y SANTIDAD
ESTUDIO BÍBLICO 12
CRISTO: NUESTRO MODELO PERFECTO DE PAZ Y SANTIDAD
Serie:
Seguid la Paz y la Santidad
Texto base:
Hebreos 12:14
«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.»
(Hebreos 12:14, RVR1960).
Saludos
Amados hermanos, reciban un cordial y caluroso saludo de parte de su servidor en Cristo Jesús, Noel A. Ortega. Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor.
Con la gracia del Señor llegamos al Estudio Bíblico No. 12 de nuestra serie «Seguid la Paz y la Santidad». Después de haber estudiado el llamado divino a vivir en paz, la naturaleza de la santidad, la obra santificadora del Espíritu Santo y la solemne advertencia de Hebreos 12:14, dirigimos ahora nuestra mirada al centro de toda la revelación bíblica: Jesucristo. La santidad cristiana no es una filosofía, ni un sistema moral; es una Persona. Cristo no solo enseñó la paz y la santidad, sino que las encarnó perfectamente. Él es el modelo supremo y definitivo para todo creyente.
Tema
Cristo: Nuestro Modelo Perfecto de Paz y Santidad
Texto Bíblico Principal
«El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.»
(1 Juan 2:6, RVR1960).
Introducción
Toda la vida cristiana gira alrededor de Jesucristo. Él no vino únicamente a morir por nuestros pecados, sino también a revelarnos cómo vive un hombre completamente sometido a la voluntad del Padre.
La santidad encuentra en Cristo su máxima expresión. La paz encuentra en Cristo su fuente eterna.
En la teología del Nuevo Testamento, el creyente no es llamado simplemente a obedecer mandamientos, sino a ser conformado a la imagen del Hijo de Dios (Romanos 8:29). La santificación consiste, en esencia, en que el Espíritu Santo reproduce el carácter de Cristo en nosotros.
Por ello, el cristianismo no es únicamente creer en Cristo, sino vivir como Cristo vivió.
I. Cristo es la perfecta revelación de la santidad de Dios
Jesús declaró:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
(Juan 14:9).
Cristo es la manifestación visible del Dios invisible (Colosenses 1:15).
En Él contemplamos la santidad divina hecha carne.
Su vida estuvo completamente libre de pecado.
Pedro afirma:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.»
(1 Pedro 2:22).
El escritor de Hebreos añade:
«Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores.»
(Hebreos 7:26).
La impecabilidad de Cristo confirma Su perfecta divinidad y Su idoneidad como Salvador.
Solo un Cordero sin mancha podía quitar el pecado del mundo.
II. Cristo vivió en perfecta obediencia al Padre
La esencia de la santidad es la obediencia.
Jesús afirmó:
«Mi comida es que haga la voluntad del que me envió.»
(Juan 4:34).
Y nuevamente declaró:
«No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»
(Juan 5:30).
La obediencia de Cristo no dependía de las circunstancias.
Fue obediente en la gloria.
Fue obediente en el desierto.
Fue obediente en Getsemaní.
Fue obediente hasta la cruz.
Como escribe Pablo:
«Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.»
(Filipenses 2:8).
Toda verdadera santidad nace de un corazón rendido completamente al Padre.
III. Cristo es nuestra paz
Pablo realiza una de las declaraciones cristológicas más profundas del Nuevo Testamento:
«Porque él es nuestra paz.»
(Efesios 2:14).
No dice únicamente que Cristo trae paz.
Afirma que Él mismo es la Paz.
Por medio de Su sangre derribó la pared de separación entre Dios y el hombre.
También reconcilió a judíos y gentiles formando un solo pueblo.
La paz bíblica (shalom) no es simplemente ausencia de conflictos.
Es la restauración completa de la comunión con Dios.
Toda paz verdadera nace en la cruz del Calvario.
IV. Cristo respondió al mal con santidad
Jesús nunca permitió que el pecado ajeno contaminara Su carácter.
Pedro escribe:
«Cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba.»
(1 Pedro 2:23).
En la cruz pronunció una de las expresiones más extraordinarias de amor:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
(Lucas 23:34).
La santidad no consiste únicamente en apartarse del pecado.
También implica responder al odio con amor, a la violencia con mansedumbre y a la injusticia con fidelidad a Dios.
Cristo venció el mal sin convertirse en semejante al mal.
V. Cristo nos llama a imitar Su carácter
Jesús dijo:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.»
(Mateo 11:29).
La palabra “discípulo” significa aprendiz.
El creyente aprende observando al Maestro.
Cada actitud de Cristo constituye un modelo para Su Iglesia:
- Su humildad.
- Su compasión.
- Su pureza.
- Su obediencia.
- Su paciencia.
- Su misericordia.
- Su firmeza frente al pecado.
- Su amor por el Padre.
La madurez cristiana consiste en reflejar progresivamente estas virtudes.
VI. Cristo santifica a Su Iglesia
Pablo enseña:
«Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla.»
(Efesios 5:25-26).
La santidad cristiana no comienza con nuestros esfuerzos.
Comienza con la obra de Cristo.
Él justifica.
Él limpia.
Él santifica.
Él glorificará.
Toda la salvación encuentra su origen y consumación en Jesucristo.
Por ello, la santidad nunca debe conducir al orgullo espiritual, sino a una profunda gratitud.
VII. Cristo volverá por una Iglesia santa
La santidad posee una dimensión escatológica.
El regreso de Cristo constituye la motivación final para perseverar.
Pablo escribe:
«A fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga.»
(Efesios 5:27).
Juan contempla la consumación diciendo:
«Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado.»
(Apocalipsis 19:7).
La Iglesia no espera simplemente un acontecimiento.
Espera a una Persona.
Y mientras espera, procura parecerse cada día más a Él.
Aplicaciones pastorales
Cristo continúa siendo el modelo absoluto para la Iglesia de todos los tiempos. En una cultura que exalta el éxito, el poder y el reconocimiento, Jesús nos enseña el camino de la humildad, del servicio y de la obediencia. La verdadera santidad no consiste en aparentar perfección, sino en permitir que el carácter de Cristo sea formado en nosotros por medio del Espíritu Santo.
Cada creyente debe preguntarse diariamente: ¿Estoy reflejando el carácter de Cristo en mi hogar, en mi congregación, en mi trabajo y en mi relación con los demás? El mundo necesita ver a Cristo reflejado en Su Iglesia.
Conclusión
Toda la vida cristiana encuentra su modelo perfecto en Jesucristo. Él es la revelación suprema de la santidad del Padre, la fuente de nuestra paz, el ejemplo perfecto de obediencia y el autor de nuestra salvación.
Seguir la paz y la santidad es, en última instancia, seguir a Cristo. Mientras más cerca caminemos de Él, más nos alejaremos del pecado y más reflejaremos Su gloria.
Que nuestra oración sea la del apóstol Pablo:
«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.»
(Gálatas 2:20).
Y que el Espíritu Santo continúe conformándonos a la imagen del Hijo, hasta el día glorioso en que le veremos cara a cara y seremos semejantes a Él.
¡A Jesucristo sea toda la gloria, la honra y el dominio por los siglos de los siglos! Amén.
Referencias (Norma APA)
Berkhof, L. (2009). Teología sistemática. Libros Desafío.
Grudem, W. (2007). Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica. Editorial Vida.
La Santa Biblia. (1960). Santa Biblia: Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
MacArthur, J. (2013). Doctrinas bíblicas. Portavoz.
Murray, J. (2015). La redención consumada y aplicada. Poiema.
Sproul, R. C. (2000). La santidad de Dios. Portavoz.
Stott, J. R. W. (2007). La cruz de Cristo. Certeza.
Observación teológica
Este estudio constituye el corazón cristológico de toda la colección. Después de desarrollar la doctrina de la paz, la santidad, la Iglesia y la obra del Espíritu Santo, todas las enseñanzas convergen en Jesucristo, quien es el fundamento, el modelo y la meta de la vida cristiana. Él no solo enseña el camino de la paz y la santidad: Él es el Camino (Juan 14:6), nuestra Paz (Efesios 2:14) y nuestra Santificación (1 Corintios 1:30).
El siguiente y último estudio, «La urgencia de vivir en paz y santidad», servirá como la gran exhortación pastoral y escatológica que cerrará la colección, llamando a la Iglesia a perseverar fielmente hasta la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

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